Quienes padecen este trastorno están convencidos de que sufren alguna enfermedad grave aunque no presenten ningún síntoma real que lo confirme. Algunas estimaciones aseguran que el 2% de la población algún vez la ha experimentado.
Todos nos preocupamos por nuestra salud y estamos pendientes de cualquier señal que nos indique que algo no está funcionando bien. Sin embargo, hay quienes rebasan estos límites “normales” y desarrollan un padecimiento conocido como Hipocondría.
Según el diccionario de la Real Academia Española, es “una afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud”. Pero, ¿qué significa exactamente esta definición?.
Se trata de personas que confunden cuadros de ansiedad o depresión con enfermedades de gravedad. Pueden llegar a esa conclusión con sólo observar lunares, pequeñas heridas, dolor de cabeza, trastornos del sueño, tos ocasional, latidos del corazón, movimientos involuntarios o sensaciones físicas no muy claras.
Aunque el médico les asegure que están perfectamente sanos, los hipocondríacos no pueden deshacerse de su preocupación. Viven esperando que algún especialista les diga que tienen algo grave, para estar “tranquilos” y así justificar su malestar.
De no ser así, buscan hasta encontrar la razón que explique su mal; situación que los lleva a dudar de la capacidad de los médicos que los han atendido.
¡Me siento mal!
Casi siempre, este problema se aparece en personas que padecieron (o padecen) alguna enfermedad real como el asma, que han sido sobreprotegidos, con educación basada en el miedo, presenciaron la muerte de alguien cercano o convivieron con enfermos terminales.
Otros se refugian en esta situación para llamar la atención, evadir responsabilidades, aplazar decisiones o tener a alguien a su lado.
Conocen la forma en que deben tomarse pulso, temperatura y tensión arterial; además, cuentan el número de palpitaciones por minuto, checando su condición varias veces al día; igualmente, saben qué alimentos y bebidas alteran su digestión y los grados de temperatura que convienen a su salud.
La Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (CIE 10) explica que para considerar a un paciente hipocondríaco éste debe estar convencido de padecer como máximo dos enfermedades graves y debe conocer, al menos, el nombre y sintomatología de una de ellas. Asimismo, hay que observar la duración del trastorno; debe ser de, al menos, seis meses.
No obstante, los expertos consultados coincidieron en que nunca hay que descartar que una persona con estas características presente alguna enfermedad real.
Una vez que se ha hecho la valoración, si el paciente sigue sintiendo angustia, conviene estudiar la posibilidad de un trastorno psicológico.
Consecuencias y solución
Se calcula que el 2% de la población en algún momento puede presentar Hipocondría. El trastorno se manifiesta generalmente en personas de entre 30 y 40 años.
Aunado a la ansiedad permanente, quizá lo más preocupante es que las actividades cotidianas como trabajar, estudiar y relacionarse con los demás se ven afectadas debido a que el afectado puede renunciar a cualquier cosa con tal de “cuidar su salud”.
Y ni qué decir de la automedicación. Los hipocondríacos abusan de analgésicos, antibióticos y ansiolíticos que causan problemas gastrointestinales como gastritis, úlceras, presión elevadas y, en algunas ocasiones, intoxicación.
La solución siempre estará en manos de un especialista, él determinará si el tratamiento amerita la prescripción de medicamentos. El primer paso es evitar los exámenes complicados e invasivos sin justificación porque son traumáticos para el paciente.
También se recomienda terapia cognoscitiva, para enseñarles a controlar los síntomas. En las unidades médicas de la Secretaría de Salud existen clínicas especializadas para el tratamiento y cura de la Hipocondría.
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